
Cuánta magia puede haber en un camino.
Un grupo de músicos sale de Quilmes con sus instrumentos, sus canciones y sus sueños. Cruzan rutas, pueblos y ciudades. La Argentina se abre delante de ellos.
Llevan guitarras, voces, baterías, armónicas.
Pero también llevan algo más difícil de explicar:
sus inspiraciones.
Y quizás allí comienza la magia.
Porque hay hombres que no solamente hacen música. También transitan la vida como poetas, como deportistas, como buscadores de caminos.
Ricardo Soulé tenía algo de eso.
Un deportista-poeta que parecía encontrar en cada camino una inspiración y convertirla después en acordes.
Junto a Willy Quiroga, Rubén “El Pulpo” Basoalto y Juan Carlos “Yodi” Godoy, Vox Dei recorría la Argentina llevando su música de un lugar a otro.
De Quilmes hacia Entre Ríos.
De una ciudad a otra.
De un escenario a otro.
Y en algún lugar de ese recorrido, un niño puede cruzarse con ellos.
Quizás todavía no comprende quiénes son.
No sabe que aquellos instrumentos que pasan delante de sus ojos van a formar parte de una historia musical.
Solamente observa.
Mira.
Escucha.
Y guarda.
Después de un recital puede suceder algo tan sencillo como esto:
—Vamos, te llevo.
Y alguien sube a un vehículo.
El camino continúa.
Los músicos siguen su viaje.
Y aquella frase queda suspendida en el tiempo.
Porque la música y el deporte tienen algo profundamente parecido.
El deporte es acción.
Es movimiento, esfuerzo, disciplina, aprendizaje, encuentro.
Es correr, caer, levantarse y volver a intentar.
Es comprender que nadie juega solo.
También es aprender a respetar al compañero, al adversario, las reglas y el espacio que compartimos con los demás.
Por eso el deporte puede ser una forma de educación para la vida.
Y la música puede ser otra manera de acompañar ese aprendizaje.
Uno mueve el cuerpo.
La otra mueve el alma.
Uno nos enseña a caminar juntos.
La otra nos recuerda que cada persona tiene una historia, una emoción y una canción interior.
Quizás por eso aquellos músicos que recorrían la Argentina llevaban mucho más que instrumentos.
Llevaban caminos.
Llevaban experiencias.
Llevaban poesía.
Llevaban inspiración.
Y esas inspiraciones se hacían realidad en acordes.
Después, cada uno seguía su camino.
Ellos seguían.
Las rutas seguían.
Los escenarios seguían apareciendo.
Las canciones seguían naciendo.
Y aquellos niños que alguna vez los vieron pasar también seguían creciendo.
Algunos encontrarían el deporte.
Otros encontrarían la música.
Otros simplemente aprenderían a caminar por la vida llevando consigo aquello que alguna vez los inspiró.
Porque hay encuentros que duran solamente unos minutos.
Pero pueden permanecer durante toda una vida.
Una guitarra.
Una voz.
Una pelota.
Una ruta.
Un niño mirando.
Y un músico que, después de un recital, dice simplemente:
—Vamos, te llevo.
Quizás de eso se trate el verdadero camino.
De caminar, inspirar y dejarse inspirar.
De transformar el esfuerzo en movimiento.
El movimiento en experiencia.
La experiencia en educación.
Y la inspiración...
en música.
EL AURA DEL CAMINO
Vox Dei.
Juntos siempre.

GENRUGBY








